"La ropilla ya enferma del poeta, exhaló el último suspiro en aquella lucha." Victor Hugo

lunes, 16 de diciembre de 2013

El Metro

http://callodehacha.com/2013/12/13/viaje-en-metro-le-cuesta-la-vida/ photo Metroii_zpse913e187.jpg

En mi querida Ciudad de México [no es sarcasmo], uno de los principales medios de transporte es el Metro. Es una red amplia que llega casi a todos los bordes del Distrito Federal con una tarifa de 5 "pesitos" por entrada. Ejemplo: uno puede entrar en Indios Verdes (al extremo norte), ir por un amigo hasta Mixcoac (casi al extremo sur), verlo en los torniquetes [sin salir], entregarle algo olvidado en casa y volver hasta Indios Verdes, por 5 pesos.

En mi opinión, es el único transporte de la ciudad que funciona de manera tan directa y a un precio tan bajo. [En días recientes aumentó de $3 a $5, por lo que en toda la ciudad se dan comparaciones entre nuestro transporte público subterráneo y el de Londres o entre éste y otros tipos de transporte. No entraré en comparaciones porque están leyendo esto en internet y basta un clic curioso para hallar esas comparaciones.] Aun teniendo en cuenta el precio y la infraestructura, he de quejarme de muchas cosas que me molestan al viajar en él, mismas que hallarán a continuación (en orden de aparición):

1. Brincar ambulantes en las escaleras para entrar a la estación.
   Unos venden gorros, paraguas y guantes. Otros venden cigarros de contrabando. Algunos son sólo mendigos y alzan la mano mientras se encogen tratando de soportar el frío. El problema es que el flujo de gente es considerable, las escaleras apenas bastan para subir (o bajar) pegados al de adelante. Su presencia provoca que la gente se mueva o se detenga bruscamente, es decir, que choque. La alternativa es tratar de esquivarlos.
   He visto personal del Metro platicando con algunos. He visto personas que tropiezan tratando de no pisar su puesto. Nunca he visto que los quiten y veo uno nuevo cada 30 días aproximadamente [estimación mía].

2. Goteras.
   En algunas estaciones, Tacuba por ejemplo, puede uno ver cubetas a mitad de los pasillos de transborde. En otras, como Instituto del Petróleo, hay cartones o plásticos fijados al techo en las partes más vulnerables. En días lluviosos de verano puede uno ver las cubetas y los cartones en acción. Es más, en días muy lluviosos puede uno caminar por un charco que ocupa casi todo el transborde de Instituto del Petróleo y que (según experimento mío) puede llegar a unos 10 cm de profundidad.

3. El humo del freno gastado.
   A veces cuando el Metro frena al entrar a la estación, cierto humo picante inunda los andenes. Si es poco, los pasajeros acostumbrados ni lo notan. Si es mucho, los ojos se ponen llorosos y uno trata de respirar a través de la manga o del cuello de la camisa. [Alguna vez escuché que era porque los trenes tienen los frenos demasiado gastados, así que esos ya "no frenan con el freno en sí", sino con la madera que era soporte del mismo.]

4. Timbre de cierre de puerta.
   El timbre suena constante avisando que la puerta se va a cerrar. En principio era una buena idea. Sin embargo, apenas se abren las puertas en una estación, y el timbre empieza a sonar por tiempo indefinido. Las puertas pueden cerrarse mientras la gente está bajando, o antes de que los demás aborden... o tres minutos después, si es que el conductor está esperando a que cambie el semáforo.
   La gente que trata de bajar, empuja a los de enfrente temerosa de quedarse arriba. La gente que trata de subir, intenta hacerlo antes de que los otros bajen. Es algo simple pero muy estresante, más o menos como lo que pueden ver en la imagen de arriba, tomada de acá.
   Mi sugerencia: que el timbre tenga cierta duración (30 segundos, por ejemplo), vaya cambiando conforme se agotan los segundos (como los semáforos para invidentes) y la puerta pueda cerrarse hasta que el timbre termine [no antes].

5. Basura.
   El Metro arranca y allá va, rodando hasta esconderse bajo un asiento, un bote de PET vacío con etiqueta a medio pegar. El Metro frena y el bote regresa un poquito de lado hasta chocar con un zapato. El dueño del zapato lo mueve un poco discretamente, y el bote avanza otro poquito, lo patean y el Metro arranca de nuevo. Alguna de las personas que recién subieron lo pisa sin querer, y de la boquilla mal cerrada caen un par de gotitas de agua azucarada. El bote deja de rodar, esperando en un rincón a la persona que lo sacará en la terminal. Hasta entonces, tendrá unas 15 estaciones para que algún distraído pise las dichosas gotitas y deje al bajar un par de huellas pegajosas. [Texto mío. Sólo para ilustrar.]
   Deberían aplicar esas multas por tirar basura. Jamás he visto que multen a alguien.

6. Vagoneros.
   Se trata de mi queja más profunda. [Nota para quien no sepa lo que son: Los vagoneros son personas que recorren los vagones vendiendo mercancías baratas varias (dulces, discos pirata, libros de superación personal, etc.) o realizando espectáculos. Hay algunos que dicen ser niños de la calle (no me consta), que se lanzan sobre vidrios con la espalda desnuda. Hay otros que aparentan tener una discapacidad (tampoco me consta) y que cantan o tocan instrumentos. Hay niños que se lanzan al piso para pedir una moneda por limpiar zapatos con un trapo. Hay muchos que llevan una bocina en la espalda con la que tocan a todo volumen el CD que venden. Y hay algunos, muy pocos, que tocan violín, saxofón o guitarra, que recitan poemas o que hacen actos de magia (me consta que hay algunos geniales, cuyo espectáculo es a volumen moderado y que no molestan a nadie).]
   Los vagoneros aprovechan cada estación para cambiar de vagón, por lo que suelen entrar después de los pasajeros. Tratan de no quedarse nunca fuera del vagón por lo que frecuentemente evitan que las puertas se cierren [al fin y al cabo, neumáticas]. El conductor debe entonces volver a abrir y a cerrar todas las puertas, a veces varias veces, generando un retraso mayúsculo.
   Para la mayoría de los vagoneros, el Metro es su lugar de trabajo. Esperan que los pasajeros se muevan para dejarlos pasar a lo largo del vagón y pueden ser agresivos si uno les estorba el paso. Lo usual es que empujen a quienes los obstaculizan. [Recuerdo el caso de un vagonero que apuñaló a un pasajero y el de otro que fingía ser ciego y que le dió un golpe en el pecho a una mujer.]
   Yo uso audífonos y disfruto el viaje escuchando la música que me gusta, por lo que detesto ver subir a un "bocinero". No hay manera de evitar escucharlo. El volumen penetra los audífonos y las personas tratan de evitar quedar justo en su espalda mientras él (o ella) levanta la vista sobre los pasajeros buscando manos alzadas que indiquen que quieren comprar.

7. Vagones para mujeres y niños.
   No me agradan las medidas sexistas. Por esa convicción nunca subo a esos vagones. Aquí encontrarán una entrada previa en la que abordé el tema más ampliamente.

8. Toqueteos de extraños.
   Por supuesto que entiendo que en un lugar tan concurrido es imposible no tener contacto con cuerpos ajenos. La mayoría de las veces el contacto es inevitable (o lo parece) y es importante tomarlo como tal. Sin embargo, hay ocasiones en que el contacto es intencional y descarado, lo que requiere aún de medidas disuasivas.
   Una vez un joven me tomó de la mano entre la multitud. Otra vez un señor puso su mano sobre la mía (que se sujetaba de un tubo). En ambas reaccioné agresivamente. También me ha tocado ver a una mujer entrar con un policía y señalar al hombre que presuntamente la seguía en el transborde haciendo comentarios sobre su cuerpo. [El hombre sonrió levemente mientras el policía lo conducía hacia afuera del vagón. La mujer se veía muy alterada.]
   Mientras buscaba imágenes para esta entrada encontré el testimonio de Hugo García Michel en su blog, donde narra una experiencia de ese tipo de agresión [link acá] que le sucedió a él. Es un texto corto y bien vale el minutito que toma leerlo.

9. Intervalos entre trenes.
   El tiempo entre tren y tren es variable, entre 2 y 10 minutos, dependiendo de la línea, de la hora y de otras tantas cosas. No hay manera de saber si uno no alcanza un tren, cuánto tiempo pasará hasta que pase el siguiente... ni si será posible abordarlo. Mientras más tiempo tarde es más probable que venga lleno, lo que garantiza problemas.
   Personalmente he visto 3 ocasiones en que el tren se retrasa hasta 20 minutos por fallas de funcionamiento. También he visto conductoras que se retrasan por maquillarse y otros por bajarse a pedir el número de teléfono (a alguna pasajera). El resto de las ocasiones el problema es de la gente que insiste en subirse aunque la puerta no cierre... o de los vagoneros. [Sabiduría popular.]

10. Olores fuertes.
   Perfume, loción, frituras con jalapeño, salchichas... No creo ser la única a la que los olores fuertes le provocan dolor de cabeza y/o naúseas. El Metro es un espacio cerrado con ventilación insuficiente. Por respeto a los demás pasajeros, yo agradecería mucho que evitaran subir cosas con olor fuerte, aunque al portador le parezca que huele bien o que huele sabroso.

La verdad es que la mayoría de estas quejas no requieren un aumento de tarifa, sino sólo de hacer cumplir las reglas que ya existen. Otras son cuestiones de civismo por parte de los usuarios. Algunas más se solucionarían si los policías al interior hicieran su trabajo (el asunto de los vagoneros, es el principal de éstos). Para el resto (los frenos y las goteras), yo pago gustosa esos 2 pesos adicionales. Espero no vayan directo a las fiestas del Sindicato y espero la crítica haya sido lo suficientemente constructiva.
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